viernes, 10 de marzo de 2017
EL SEXO QUE HABLA
Osvaldo Lamborghini (Buenos Aires 1940-Barcelona 1985) fue un escritor y poeta argentino. Como recuerda César Aira en “Osvaldo Lamborghini y su obra” la primera publicación de Osvaldo Lamborghini, poco ante de cumplir los treinta años, fue ‘El fiord’; apareció en 1969 y había sido escrito unos años antes”. No recuerdo haber leído, en castellano, un texto tan complejo, tan provocativo, tan duro, un texto tan cargado de carne, sexo, pelos, vómitos, etcétera; un texto tan “orgánico”, tan desmadejado y, a la vez, tan dificil, hasta el punto de que uno se ve obligado, a veces, a abandonar la lectura por cansancio, y sólo decide volver a ella más tarde, pasado un tiempo, para intentar recuperarse, sin aliento, de la sorpresa, e intentar llegar al final del asunto. El chileno Roberto Bolaño, en “Derivas de la pesada”, no se deshace, precisamente, en elogios, cuando reflexiona sobre esta obra de Osvaldo Lamborghini: “Lamborghini –escribe Bolaño- es una cajita que está puesta sobre una alacena en el sótano. Una cajita de cartón, pequeña, con la superficie llena de polvo. Ahora bien, si uno abre la cajita lo que encuentra en su interior es el infierno. Perdonen que sea tan melodramático. Con la obra de Lamborghini siempre me pasa lo mismo. No hay cómo describirla sin caer en tremendismos. La palabra crueldad se ajusta a ella como un guante. La palabra dureza también, pero sobre todo la palabra crueldad. El lector no avisado puede vislumbrar un juego sadomasoquista propio de esos talleres literarios que las almas caritativas y de vocación pedagógica organizan en los manicomios. Es posible, pero se queda corto. Lamborghini siempre va dos pasos más adelante (o más atrás) que sus perseguidores”. “De pocos libros –concluye Bolaño- puedo decir que huelan a sangre, a vísceras abiertas, a licores corporales, a actos sin perdón”. Aira, por su parte, más cercano a los planteamientos estéticos de Lamborghini, escribe: “(El fiord) era un delgado librito que se vendió mucho tiempo, mediante el trámite de solicitárselo discretamente al vendedor, en una sola librería de Buenos Aires. Aunque no fue nunca reeditado, recorrió un largo camino y cumplió el cometido de los grandes libros: fundar un mito. Se trataba, y sigue tratándose, de algo inusitadamente nuevo. Anticipaba toda la literatura política de la década del setenta, pero la superaba, la volvía inútil. Incorporaba toda la tradición literaria argentina, pero le daba un matiz nuevo, muy distinto. Parecía estar encabalgado entre dos puerilidades: la anterior, fundada en la media lengua infantil de la gauchesca y el acartonamiento de funcionarios de nuestros prohombres literarios y la posterior, con sus arrebatos revolucionarios siempre ingenuos. De pronto descubríamos que incluso Borges, muy en la línea inglesa, se había autolimitado a la literatura ‘para la juventud’. Los únicos antecedentes que valía la pena mencionar eran Arlt y Gombrowicz. Pero a diferencia de ellos Osvaldo no se ocupaba del problema de la inmadurez; parecía haber nacido adulto. Secreto, pero no ignorado (nadie pudo ignorarlo), el autor conoció la gloria sin haber tenido el más mínimo atisbo de fama. Desde el comienzo se lo leyó como a un maestro”. El deseo por clasificar sus textos llevó a Néstor Perlongher a interpretar su imaginario a través de la estética del “Neobarroco”. Según Severo Sarduy, el Neobarroco sería “aquel movimiento común de la lengua española que tiene sus matices en el Caribe (musicalidad, gracia, alambique, artificio, picaresca, que convierten al barroco en una propuesta, todo por convencer) y que tiene sus diferentes matices en el Río de la Plata (racionalismo, ironía, ingenio, nostalgia, escepticismo psicologismo)”. Si los textos de Lamborghini no resultan fáciles, ni, en ocasiones, agradables, en mi opinión sus objetos estéticos tampoco escaparían de lo que yo llamaría cierto “feísmo”, un uso, y abuso, de los contenidos explícitos del sexo, los órganos del cuerpo, de cierta violencia indiscriminada de los gestos, los colores, las técnicas, etcétera. Alan Pauls escribe, a propósito de “El sexo que habla”, y de las ficciones de Osvaldo Lamborghini: “Pero las joyas abyectas eran la especialidad de Lamborghini. En sus ficciones se fornica sin parar, se sodomiza a diestra y siniestra, se viola, se tajea, se mutila; fluidos de toda clase acometen alegremente los intercambios más aventurados. Pero esos trances de intensidad y violencia son la vía regia de una experiencia que, perturbados, espantados incluso, nunca pudimos no llamar sublime. Nadie llegó tan bajo y tan alto al mismo tiempo. Hoy leemos El fiord (1969), Sebregondi retrocede (1973) o Tadeys (1994), meras ficciones hechas de palabras, como prodigios de una monstruosidad tridimensional, engarzada –palabra que Lamborghini habría apreciado, a tal punto tiende a desertar de su jerga propia, la de la joyería, para retozar en la jerga impropia de la obscenidad– en un cuerpo carnoso, versátil, polimorfo, que nunca antes habíamos visto desplegarse así, y flexionarse y retorcerse y darse vuelta, como si solo en esos paroxismos, cerca de reventar o desmembrarse, accediera por fin a su potencia más secreta. Ese cuerpo, por supuesto, no es otro que el de la lengua”. Para leer a Osvaldo Lamborghini, para sumergirse en sus objetos estéticos, en su provocación perpetua, en su mundo secreto, uno debe contener primero la respiración y obligarse a no apartar jamás la vista de lo expresado, obligarse a mantener los ojos muy abiertos, el sexo abierto y preparado para la subversión, la desmantelación de prejuicios, la violación de las normas, la deconstrucción de la gran costumbre. Uno debe estar preparado para sumergirse en un mundo del que nunca se regresa de igual modo, del que se renace a expensas de la sorpresa y de la fornicación de todas las estructuras y de todas las normas. “El sexo que habla” nos dice cuestiones concluyentes: “Nunca se logrará comprometer a la política”. “El sexo que habla” invita a la subversión de todos los cánones previstos, deterministas, y de todas las formas de la previsión y de la pasividad del arte. “El sexo que habla” concluye: “Me dan miedo los leones, de un barroco atragantado y sin lodo. Limpito, incapaz de reírse. Demasiado arte, de todos modos. Habrá que irse a otra parte”.
SABOR DE BARRIO
Desde hace más de cincuenta años vivo en un barrio obrero. El barrio, a lo largo de todos estos años, ha ido transformando sus precarias estructuras, mejorando en infraestructuras y en modos de vida. Actualmente, tengo numerosos vecinos latinoamericanos (ecuatorianos, sobre todo) que han poblado los viejos edificios de cal blanca, ya gastados, y necesitados de urgentes reformas, con su música y su vieja manera de entender el universo. Cada mañana, ahora que ya el sol incipiente de la primavera golpea las paredes e inunda de luz, y de alegría, los rostros sorprendidos de los que se asoman a las ventanas, las notas de salsa, bachata, ballenato, y sonidos en general del continente americano, hace que movamos el cuerpo, y la imaginación, incluso aquellos que nunca aprendimos a bailar, y que nunca hemos entendido qué consigue la gente con esa extraña vitamina que le dan a su organismo, con esa unión de los sexos que, por ejemplo en el tango, se arraciman y se aprietan en un juego sexual, y descarnado, de consecuencias imprevisibles. La frutería más cercana a mi casa está regentada por inmigrantes marroquíes. En esta frutería no hace mucho que conocí a Assia, una mujer inexplicablemente hermosa, oculta bajo un oscuro hiyab y un vestido de vuelo ancho con el que también intentaba ocultar su cuerpo, y que consiguió que escribiera un poema sobre la belleza que, hasta este preciso momento, he preferido mantener a escondidas. “Quien busca la belleza en la verdad –escribió Egon Schiele- es un pensador; quien busca la verdad en la belleza es un artista”. Y bueno, yo intenté entonces encontrar la verdad como un artista, y le escribí a Assia, la dependiente marroquí de mi barrio obrero, esto que ahora escribo: “Hoy he visto a la belleza. Me la he encontrado de frente despachando en un comercio del barrio obrero donde vivo; llevaba los cabellos ocultos bajo un hiyab musulmán, los ojos negros ardientes como agujas afiladas, los labios rojos intensos como fresas maduras, la piel tersa y velada como terciopelo dorado, el cuerpo completamente escondido bajo un largo y holgado vestido azabache. No sé si tapaba sus cabellos por decisión propia, por creencias religiosas o por presiones de la familia; no sé su nombre, ni su lugar de procedencia, ni si habla siquiera mi idioma y puede entender lo que le digo. Imagino su cuerpo desnudo bañado por aguas transparentes, los pechos turgentes y duros buscando caricias delicadas, los muslos tensos y fuertes arrastrándose en la tierra, el sexo cerrado y oscuro esperando la llamada del deseo. Si yo fuera el poeta Hazim al-Qartayanni jugaría a describirla de arriba a abajo; diría de ella que es una luna sobre una rama, sobre un montón de arena; o que es un montón de arena sobre el cual se yergue una rama, sobre la cual luce una luna entre tinieblas; pero yo sólo soy un aprendiz de poeta que ha descubierto de nuevo la belleza en una mujer extranjera, y que no encuentra palabras mejores para ofrecerle el amor que demanda y la libertad de la vida que merece”. Lamentablemente, mi barrio se ha hecho famoso en toda España debido a unas lamentables declaraciones de su Alcalde, que consideró a las mujeres feministas en términos tan despreciables que no voy a perder ni un minuto en detallarlas aquí, en este blog que pretende ser un laboratorio de causas alternativas y visiones diferentes de la experiencia, muy alejadas de las que representa este talibán ultracatólico que debe ser urgentemente desalojado de las instituciones democráticas. “Sabor de Barrio, tesoro antiguo”, cantaba Gato Pérez, aquel argentino extraordinario que recaló en la década de los 80’ en las costas de Barcelona y que mezcló magistralmente sus ritmos del Río de la Plata con la rumba catalana, y que tan acertadas reflexiones hacía sobre una fiesta que aún se niega a desaparecer del todo de la capital catalana. Ahora, la música latina de mi barrio obrero se deshace en espirales de solidaridad alrededor de los cipreses que se alzan orgullosos hacia el cielo, un cielo azul y sin nubes, indicándonos el camino que, sin duda, seguiremos tarde o temprano al final de nuestras vidas. Pero, como indica la lápida que guarda el secreto de Jorge Luis Borges, en el cementerio de Ginebra, escrita en inglés antiguo, al cuidado de esos guerreros escandinavos que tanto gustaban al argentino, “no hay que tener miedo”. “Las cosas son su porvenir de polvo”, escribió también Borges, recordándonos que sólo somos polvo, polvo pasado y futuro, polvo en la tierra o el cielo, y que el polvo nos acogerá al final del camino, al final de nuestros días, y que ahora debemos seguir disfrutando de esta extraña vida, en nuestro querido barrio obrero, en nuestro paraíso privado, en nuestro esfuerzo diario de polvo y de vida.
jueves, 9 de marzo de 2017
LENGUAJE, PODER E IDENTIDAD
Hace ya algún tiempo, una buena amiga, en una conversación que se inició en los meandros de la Filosofía (ella lee a Habermas, y yo prefiero a Derrida) y que derivó, inexplicablemente, en una discusión sobre cuestiones políticas, me indicó, algo indignada porque yo acababa de utilizarla para intentar explicar el actual estado de las cosas, que la palabra “poder” era claramente masculina (heteropatriarcal), que las mujeres preferían utilizar otras palabras alternativas y que, en general, las mujeres eran mucho más creativas que los hombres en cuestiones políticas, que los hombres eran unos completos inútiles para resolver estos temas. Aunque yo quedé en su momento algo sorprendido, y aunque entiendo que las mujeres tienen una sensibilidad diferente, o especial, para tratar ciertas cuestiones, he intentado aclarar, aunque sólo sea para mí, esta posibilidad. También entiendo que las palabras, y los textos en general, no son neutrales, ni inocentes, que todos responden a cierta visión metafísica de las cosas, que pueden ser utilizadas de diversas maneras, que pueden ser contagiosas, etcétera. Como bien se apresuró a señalar Jacques Derrida, todo el pensamiento Occidental (palabras, textos) se basa en una idea centro: un origen, una Verdad, una Forma Ideal, un Punto Fijo, un Móvil inmóvil, una esencia, un Dios, una Presencia, que se suele escribir con mayúscula y que garantiza todo significado. Para Derrida, el problema de los centros es que intentan excluir y que al hacerlo ignoran, reprimen o marginan a otros (que pasan a ser lo Otro). En las sociedades en las que el hombre es la figura dominante, él es el centro, y la mujer es el Otro marginado, reprimido, ignorado. El deseo de tener un centro origina “opuestos binarios”, de los cuales un término es central y el otro, marginal. Además, los centros quieren definir o fijar el juego de los “opuestos binarios”. Hombre/mujer, espíritu/materia, naturaleza/cultura, caucásico/negro, cristiano/pagano, etcétera. Estos serían algunos ejemplos de “opuestos binarios”. En cuanto a “poder”, entiendo que yo tendría que encontrar ahora su “opuesto binario” para jugar a la deconstrucción del mismo, como aconsejaba Derrida, con el fin de descentrar el término y abordar una lectura que ante todo nos permita advertir la centralidad del componente central. Luego, intentar subvertirlo para que la parte marginada (si es que soy capaz de encontrar el “opuesto binario”) pase a ser la central o, al menos, queden ambas igualadas, dependiendo de hasta dónde queramos llevar la interpretación deconstructiva, con vistas a eliminar toda clase de jerarquía. Aunque a algunos este juego interpretativo pueda resultarles inútil, o extraño, o contradictorio, aplicado a cuestiones relevantes del juego de la vida puede resultar verdaderamente interesante. En cuanto a que “poder” sea una palabra exclusivamente masculina, yo creo que más bien sería un centro que puede excluir, en todo caso, a su “opuesto binario” y que puede ser utilizado, independientemente, tanto por hombres como por mujeres. Claro está que, si estamos de acuerdo en que el “poder” es aplicado mayoritariamente, en las cuestiones de la vida, por hombres, entonces, de algún modo, estaríamos de acuerdo con mi amiga, y no estaría de más revisar nuestros conceptos. En cuanto al posible “opuesto binario” de la palabra “poder”, ¿acaso podríamos entender como posibles “opuestos binarios” de “poder” los términos “sumisión”, o “subordinación”? En “Lenguaje, poder e identidad”, Judith Butler, regresa a sus concepciones sobre la teoría performativa del sexo y de la sexualidad. Como todos sabemos, Judith Butler es una de las autoras fundamentales de la llamada “Teoría Queer”. Ya en su libro “El género en disputa” marcó un hito en los estudios de género y en la historia del feminismo, al cuestionar una especie de naturalización que habrían sufrido las categorías de “mujer” y de “homosexual” a partir de las políticas de la identidad de los años setenta y ochenta del pasado siglo. Estas tradiciones presentaban el género como algo secundario respecto a una verdad natural, el sexo. Butler, inspirada en los análisis de Michel Foucault y de Jacques Derrida, plantea una inversión casi copernicana, a partir de la idea de performatividad: la identidad sexual no es algo natural o dado, sino el resultado de prácticas discursivas y teatrales del género: “el género en sí mismo –escribirá Butler- es una ficción cultural, un efecto performativo de actos reiterados, sin un original ni una esencia”. Supongo que mi amiga estaría de acuerdo con estas líneas con las que Judith Butler comienza su libro “Lenguaje, poder e identidad”: “Cuando afirmamos haber sido heridos por el lenguaje, ¿qué clase de afirmación estamos haciendo? Atribuimos una agencia al lenguaje, un poder de herir, y nos presentamos como los objetos de esta trayectoria hiriente. Afirmamos que el lenguaje actúa, que actúa contra nosotros, y esta afirmación es a su vez una nueva instancia de lenguaje que trata de poner freno a la fuerza de la afirmación anterior. De este modo, ejercemos la fuerza del lenguaje incluso cuando intentamos contrarrestar su fuerza, atrapados en un enredo que ningún acto de censura puede deshacer”. Un enunciado performativo es aquel que al enunciarse realiza la acción que significa, o bien que implica la realización simultánea por el hablante de la acción evocada. Por ejemplo, “yo juro” sería un enunciado performativo. Siguiendo en parte las enseñanzas de J. L. Austin, Butler escribe: “Hacemos cosas con palabras, producimos efectos con el lenguaje, y hacemos cosas al lenguaje, pero también el lenguaje es aquello que hacemos. Lenguaje es el nombre de aquello que hacemos: al mismo tiempo “aquello” que hacemos (el nombre de una acción que llevamos a cabo de forma característica) y aquello que efectuamos, el acto y sus consecuencias”. En la Introducción a su libro, y bajo el título de “De la vulnerabilidad lingüística”, Butler cita la Conferencia que la escritora Toni Morrison pronunció con ocasión del Premio Nobel de Literatura de 1993. En esta Conferencia, Morrison escribe: “El lenguaje opresivo hace algo más que representar la violencia; es violencia”. Morrison narra, en esta Conferencia, una parábola en la que el lenguaje mismo es imaginado como una “cosa viviente”. Esta figura no sería falsa ni irreal, sino que indicaría un aspecto verdadero del lenguaje. En la parábola de Morrison, unos niños inician un juego cruel preguntando a una mujer ciega si el pájaro que guardan en sus manos está vivo o muerto. La ciega responde negando y desplazando la pregunta: “No sé, lo que sé es que está en tus manos”. Morrison decide interpretar la mujer de la parábola como una escritora experimentada, y el pájaro, como el lenguaje, intentando hacer una conjetura acerca de cómo esta escritora consumada piensa el lenguaje: “Ella piensa el lenguaje en parte como un sistema, y en parte como un ser vivo sobre el que uno tiene control, pero sobre todo como agencia –como un acto con consecuencias-. Por tanto, la pregunta que le hacen lo niños, ‘¿está vivo o muerto?’, no es irreal, puesto que la escritora piensa el lenguaje como algo susceptible de morir, de ser borrado”. Morrison usa la figura de la conjetura del mismo modo que lo hace la escritora consumada de su relato. Morrison se interroga sobre el lenguaje y sobre las posibilidades que el lenguaje tiene de hacer conjeturas y describe la “realidad” de este marco figurado sin salirse del mismo. La mujer piensa el lenguaje como algo viviente: Morrison representa con este acto de sustitución el símil a través del cual él es imaginado como vida. La “vida” del lenguaje es así ejemplificada a través de la puesta en escena de este símil. Pero ¿de qué tipo de puesta en escena se trata? Confieso que este es mi primer acercamiento a la obra de Judith Butler, aunque estoy convencido de que no será el último. Intentar resumir aquí todo lo que Butler expone en su libro sería imposible; se necesitaría un espacio más amplio para poder resumir todos los argumentos brillantes que Butler nos narra. Creo de suma importancia conocer los textos filosóficos más cercanos a nuestro tiempo, porque creo que nuestro tiempo necesita ideas nuevas, y nuevos conceptos, para poder ser correctamente interpretado. Evidentemente, esto no implica que desatendamos la lectura, y comprensión, de toda la Historia de la Filosofía. Lo que no tengo tan claro es que dispongamos de tiempo suficiente para esta maravillosa aventura.
miércoles, 8 de marzo de 2017
MUJERES Y FILOSOFÍA
Como todo el mundo sabe, hoy celebramos el Día Internacional de la Mujer Trabajadora. Este post está dedicado a todas las mujeres trabajadoras del planeta, a las compañeras de Izquierda Unida (en especial a Sol Sánchez, a la que tuve el placer de escuchar recientemente en una charla celebrada en el Centro Social Pablo Picasso de mi barrio), a las compañeras argentinas de “Ni una menos” (en especial a Maitena), a mis amigas de la Tertulia de Filosofía, a Irene, actualmente en situación de baja laboral (ustedes pueden imaginar bien porqué), y a mi hija, que en estos días acaba de empezar lo que será, sin duda, una dura experiencia laboral. Hace unos días, Concha Roldán, Directora del Instituto de Filosofía del CSIC, desde las páginas digitales del diario Público, se hacía la siguiente pregunta: “¿Por qué siguen estando las mujeres ausentes de las Historias de la Filosofía?" Concha Roldán cita, al comienzo de su artículo, el famoso ensayo de Virginia Wolff “Una habitación propia” , en el que ésta denunciaba la invisibilidad de las mujeres en el mundo de la literatura. “Suponiendo que Colón o Newton –escribía Virginia Wolff- hubieran sido mujeres, los documentos históricos se hubieran olvidado de recoger en sus páginas el descubrimiento de América o de la ley de gravitación universal”. Me imagino que habrá quien piense que opinar de esta manera resulta un tanto exagerado, pero ahí está la realidad para desmentir esta suposición; Concha Roldán no deja de recordárnoslo. Por ejemplo, en “Sexo y filosofía: sobre mujer y poder” , ensayo de Amelia Valcárcel, señalado oportunamente por Concha Roldán, ésta escribe que “la invisibilidad de las mujeres es superior a la concedida por el anillo de Giges: las mujeres no se ven”, pues si consiguen alcanzar alguna cota de poder, inmediatamente se las aparta de los espacios y tiempos en que se transmite y fragua la jerarquía. Algo que seguimos percibiendo en las mesas redondas o tertulias “de expertos”, donde resulta sumamente difícil encontrarse con una mujer experta –tanto en las llamadas ciencias duras como en humanidades y ciencias sociales- a la que no se quiera poner en entredicho. Y sí, tampoco servirían como ejemplos, para desmentir esta tesis, los casos puntuales de Christine Lagarde, Marine Le Pen, Ángela Merkel, o Cristina Cifuentes, todas ellas en las antípodas de lo que aquí estoy intentando desvelar. Como ya he indicado antes, Sol Sánchez nos recordaba, el pasado 4 de marzo, cuestiones tan interesantes como la exclusión de las mujeres en el mundo de la Economía, donde la visión de los hombres puede resultar algo reduccionista, o cuestiones tan complejas como la “maternidad subrogada” o los “vientres de alquiler”, a todas luces una explotación económica realizada desde sociedades económicamente pudientes a mujeres con escasos recursos, aunque algunos, desde un punto de vista supuestamente “liberal”, consideren este asunto desde la óptica de una “libertad” que se deshace en las nubes de la injusticia cuando la observamos de cerca y con toda la seriedad que la cuestión implica. Volviendo al artículo de Concha Roldán, el mundo de la Filosofía tampoco estaría a salvo del olvido y de la exclusión de las mujeres que, de un modo u otro, se han dedicado al pensamiento. “La invisibilización pública y profesional –señala Concha Roldán- que padecen las mujeres es producto del encorsetamiento androcéntrico de nuestras sociedades occidentales, algo en lo que no difieren tanto de las otras culturas. Nada ha cambiado –si no es para peor, en nuestras sociedades neoconservadoras- desde que Celia Amorós explicara el fenómeno poniendo de manifiesto que ‘las razones de los olvidos de la razón se sustentan en una concepción patriarcal de la historia’; esta tesis –sostenida en “Hacia una crítica de la razón patriarcal” - sacudió las conciencias en las Facultades de Filosofía, pero una década después no había conseguido calar su mensaje, que se veía obligada a repetir en “Tiempo de feminismo”. Con estos argumentos, uno no puede dejar de interrogarse sobre qué diablos estarán pensando nuestros amigos filósofos, si se diferenciarán acaso de esa visión talibán del asunto vertida recientemente por ese Diputado polaco del Parlamento Europeo que nos dejó, a todos los que tuvimos la desventura de escucharle, entre perplejos e indignados. Concha Roldán recupera para nuestra memoria los nombres, ignorados en las Historias de la Filosofía, de algunas mujeres excepcionales que dejaron su particular impronta en el mundo del pensamiento: Aspasia, Diotima, Hipatia, Hiparquia, Hildegard von Bingen, Christine de Pizan, Marie de Gournai, Olimpe de Gouges, Anne Finch Conway, Emilie de Châtelet, Sophie de Grouchy, Mary Wollstonecraft, Harriet Taylor-Mill, etcétera. Yo añadiría, a esta ya de por sí interesante lista, los nombres de mujeres que, en la actualidad, desde diferentes ópticas, han aportado interesantes puntos de vista al diálogo de la Filosofía; nombres como los de Judith Butler, Luce Irigaray, o Michèle Le Doeuff, desde el llamado “feminismo de segunda generación”, o Donna Haraway, desde el llamado “pensamiento posthumano”, etcétera. Que las mujeres existen en el mundo de la Filosofía, sería una realidad tan evidente como su presencia en otros ámbitos de la vida; la cuestión de su exclusión y de su marginación en el olvido por parte de la “ortodoxia” masculina es lo que debería preocuparnos a todos. Si bien el caso de Hanna Harendt sería la excepción a la regla, el resto de mujeres antes citadas, y su interesante producción filosófica, desapareció de la Historia de la Filosofía como los restos de un naufragio, engullidas por el mar del olvido. Concha Roldán denuncia el posicionamiento de los varones filósofos ante el debate sobre el género: “Parecería obvio –escribe Concha Roldán- que la filosofía, disciplina crítica por excelencia, hubiera debido enfrentarse al problema con otro talante, pero son pocos los filósofos varones que se han acercado al debate sobre el género de una manera que no sea meramente oportunista o anecdótica”. “No basta –concluye Concha Roldán- con rescatar del olvido las biografías y las obras de las mujeres filósofas, para dejarlas en su gueto, sin tornar permeable a la igualdad la realidad de la filosofía. De lo que se trata es de explicar la historia de la filosofía –la historia de la humanidad- sin sesgos de género. De lo contrario, ¿qué modelos tendrán nuestras alumnas cuando vean que sus maestras pasan por las aulas sin conseguir horadar un hueco en el duro muro de la Academia?”. Todo cuanto podamos hacer, dentro de nuestras posibilidades, para remediar este desaguisado, será poco. Hoy es un buen día para reconsiderar este tema; siempre es un buen día para reconsiderar este tema y reconducir la historia. Como escribió Louis Althusser: “El porvenir es largo”.
martes, 7 de marzo de 2017
EL CASO WALSH
Rodolfo J. Walsh nació en 1927 en la localidad de Choele-Choel, provincia de Río Negro (Argentina). Fue escritor, traductor, dramaturgo y periodista. Maestro de la narrativa en castellano, es autor de: “Variaciones en rojo” (Premio Municipal de Literatura de Buenos Aires, 1953), “Los oficios terrestres” (1965), “Un kilo de oro” (1967), y “Un oscuro día de justicia” (1973). También publicó en revistas cuentos fantásticos y policiales, de ellos destacan los protagonizados por el comisario Laurenzi. A partir de 1956, investigó crímenes políticos –que llegaron a poner su vida en peligro-; luego transformó esas denuncias en libros, considerados hitos de la literatura testimonial, como “Caso Satanowsky”, “¿Quién mató a Rosendo?” y en especial “Operación Masacre”. Además, escribió dos obras de teatro satíricas, “La batalla” y “La granada”. Intelectual comprometido con sus ideas, en los años 70’ inició su militancia en Montoneros. Un año después del golpe del General Videla, el día 25 de marzo de 1977, cayó en una emboscada en la ciudad de Buenos Aires. Su cuerpo nunca apareció. Antes había echado al correo su memorable “Carta abierta a la Junta Militar”. Bajo el título de “El violento oficio de escribir” (Planeta-Espejo de la Argentina) se recoge toda su obra periodística (1953-1977). Como señala Rogelio García Lupo, en el prólogo del libro, “El periodismo de Rodolfo Walsh continúa siendo una lectura apasionante, treinta o cuarenta años después de haber sido escrito y aunque la actualidad sea cada vez más remota, o haya desaparecido por completo para los lectores jóvenes”. Cuenta también García Lupo que en un manual de estilo para novatos que escribió en 1959, Walsh afirma que “las dos cualidades esenciales del periodista son exactitud y rapidez”. Y agrega: “Este orden correlativo no excluye que ambas se ejerciten al unísono”. Me imagino que alguien se habrá preguntado el porqué de este concluyente título, “El violento oficio de escribir”, con el que se reúne la Obra Periodística de Walsh, y que yo he tenido a bien incorporar de alguna manera a mi blog. García Lupo nos lo explica: “Este libro se llama “El violento oficio de escribir” porque Walsh, en un texto autobiográfico, escribió: ‘En 1964 decidí que de todos mis oficios terrestres, el violento oficio de escritor era el que más me convenía’. Otra nota, sobre Hemingway, fue titulada como ‘El común oficio del periodismo’. Ambas formulaciones –señala García Lupo- citan irónicamente la célebre consigna de Raymond Chandler, ‘el simple arte de matar’. Violencia de la escritura, y del oficio de escribir, en tiempos violentos como los de Rodolfo J. Walsh, o como nuestro violento tiempo. Aunque, ¿acaso los humanos han vivido, a lo largo de la Historia, algún episodio o proceso histórico que no estuviese marcado por la violencia? Por ejemplo, leer hoy en día la “Carta abierta de Rodolfo Walsh a la Junta Militar”, fechada en Buenos Aires el 24 de marzo de 1977, produce una extraña mezcla de perplejidad y extrañeza. La carta de Walsh nos muestra, antes que nada, un ejercicio inexplicable de lucidez y valentía inusual para nuestros días. Walsh, ya en las primeras líneas, se despacha con rotundidad y sin ninguna delicadez contra las prácticas habituales de la Junta Militar: “El primer aniversario de esta Junta Militar –escribe- ha motivado un balance de la acción de gobierno en documentos y discursos oficiales, donde lo que ustedes llaman aciertos son errores, los que reconocen como errores son crímenes y lo que omiten son calamidades”. Walsh denuncia el terror practicado por la Junta Militar sin caer en la cuenta (o quizás siempre lo tuvo en cuenta) de que esta denuncia bien podría costarle la vida: “Quince mil desaparecidos –señala en su carta-, diez mil presos, cuatro mil muertos, decenas de miles de desterrados son la cifra desnuda de ese terror”. La valentía de Walsh sobrevuela las prácticas inhumanas de una Junta Militar que no reparó nunca en minucias como el respeto a los Derechos Humanos para librar su batalla contra la guerrilla montonera y contra todos aquellos que se oponían, de alguna manera, a sus políticas reaccionarias. Walsh concluye su carta añadiendo que la escribe “sin esperanza de ser escuchado”, “con la certeza de ser perseguido”, “pero fiel al compromiso que asumí hace mucho tiempo de dar testimonio en momentos difíciles”. Mi interés por la Obra Periodística de Rodolfo Walsh es sólo comparable al que siento por la obra periodística de Manuel Vázquez Montalbán. Me encanta leer los artículos de Vázquez Montalbán como si de un libro de Historia se tratase. Recomiendo encarecidamente su lectura a aquellos que quieran saber algo más sobre nuestra historia reciente. Reunida en tres volúmenes, la Obra Periodística de Vázquez Montalbán (Debate) repasa algunos hechos sobresalientes del periodo comprendido entre 1960 y 2003; es decir: los últimos años de la Dictadura, el periodo de la llamada Transición, y los primeros años de la Democracia. Quizás, desempolvando estos viejos artículos, podamos entender mejor nuestro presente, quiénes somos y hacia donde nos encaminamos. Mucho han cambiado las cosas desde los tiempos en que escribían Walsh o Vázquez Montalbán, pero hoy nos enfrentamos, en realidad, a los mismos gigantes de siempre, molinos de viento que giran con la violencia de la invisibilidad y del anonimato, y que manejan a su antojo las precarias vidas de los habitantes de nuestro planeta.
lunes, 6 de marzo de 2017
AMOS DEL UNIVERSO
Hace años que participo en una Tertulia de Filosofía. Creo que, a lo largo de todo este tiempo, he aprendido cosas verdaderamente importantes y también he aprovechado para desaprender cuestiones que no consideraba útiles para continuar en el juego de la vida. Siempre he pensado que acercarse a los textos filosóficos es imprescindible para saber a qué juego estamos en realidad jugando cuando decidimos extraviamos en el mundo de las versiones y de las interpretaciones infinitas; cuando, denostada por los poderes oficiales, la filosofía se nos presenta como la herramienta que puede hacer de nosotros personas verdaderamente críticas y libres. Hace ya algunos meses, en la comida que celebramos siempre una vez acabada la tertulia, uno de los comensales, un buen amigo al que considero una persona inteligente y suficientemente preparada, me comentó, no recuerdo bien a raíz de qué y en qué contexto, que el neoliberalismo no existía y que no había existido nunca. Me imagino que, ante esta declaración de principios, yo dibujé una pequeña mueca de perplejidad, y recuerdo que no quise entrar entonces en polémica y que decidí dejar el asunto aplazado para mejor ocasión. Con este recuerdo todavía muy vivo en mi memoria, hace unos días me encontré, en la edición digital de El diario.es, con un excelente artículo del periodista inglés de The Guardian George Monbiot. Monbiot, bajo el título de “Neoliberalismo: la raíz ideológica de todos nuestros problemas”, ofrece una imagen bastante acertada de la historia y de las prácticas y estrategias neoliberales que tanto hemos sufrido en nuestras propias carnes y que, Monbiot, como buen inglés que es, y de la mano de las políticas que en el Reino Unido llevó a cabo Margaret Thatcher, habrá sufrido, imagino, también en las suyas.
No creo que nadie en su sano juicio pueda poner en duda la existencia del neoliberalismo. Otra cuestión es que, como bien señala George Monbiot, éste intente ejecutar sus planes desde la más completa invisibilidad y el anonimato, y que aquellos que practican sus políticas, o que intentan aplicarlas por encima de los intereses de la mayoría de los ciudadanos –y tenemos en España el caso, por ejemplo, de Esperanza Aguirre- nunca se declaren abiertamente neoliberales.
El neoliberalismo, escribe Monbiot, “ha sido protagonista en crisis de lo más variadas: el colapso financiero de los años 2007 y 2008, la externalización de dinero y poder a los paraísos fiscales (los ‘papeles de Panamá’ son solo la punta del iceberg), la lenta destrucción de la educación y la sanidad públicas, el resurgimiento de la pobreza infantil, la epidemia de soledad, el colapso de los ecosistemas y hasta el ascenso de Donald Trump”. Y sí, estoy de acuerdo con Monbiot, el ascenso de Donald Trump –pienso- es también una causa indirecta de las políticas neoliberales.
Tan imbuidos como estamos, aunque nos cueste creerlo, de la ideología neoliberal y, en general, de la vida que nos impone desde siempre el sistema capitalista, no caemos en la cuenta, a veces, de lo insoportable de sus consecuencias: la competencia como característica fundamental de las relaciones sociales, la consagración de las virtudes del “mercado” como productor de beneficios que no se podrían conseguir mediante la planificación, la reducción de las opciones democráticas de los ciudadanos que hace de éstos simples consumidores condenados de por vida a comprar y vender. Sin olvidar ese intento permanente de bajar los impuestos (sobre todo a los ricos), de reducir los controles y privatizar los servicios públicos, de entender a las organizaciones obreras, y a la negociación colectiva en general, únicamente como distorsiones del mercado que dificultan la creación de una jerarquía natural de triunfadores y perdedores, de presentarnos la desigualdad como una virtud, una recompensa al esfuerzo y un generador de riqueza que beneficia a todos, la pretensión de creer que una sociedad más equitativa es contraproducente y moralmente corrosiva, etc. Si lo miramos con detenimiento, resulta terrible lo que señala Monbiot: “no es sorprendente –escribe- que Gran Bretaña, el país donde la ideología neoliberal se ha aplicado con más rigor, sea la capital europea de la soledad”. Tengo buenos amigos españoles en Londres, que ahora sufren los efectos del Brexit y que, seguramente, confirmarían, si les pregunto, las ideas de George Monbiot.
Nombres como los de Ludwig von Mises, Friedrich Hayek, Milton Friedman, etc., ideólogos y padres del neoliberalismo, ponen rostro humano a esta inhumana aventura que todavía sobrevuela sobre nuestras cabezas, a pesar de las constantes mutaciones que, a lo largo de todos estos años, han hecho posible que el capitalismo se perpetúe y que todos, a lo largo y ancho del mundo, continuemos bajo los efectos de este perverso sistema.
Y relatos sorprendentes que, como “La doctrina del shock”, de Naomi Klein, demuestran que los teóricos neoliberales propugnan el uso de las crisis para imponer políticas impopulares, aprovechando el desconcierto de la gente. Por ejemplo, tras el golpe de Pinochet –escribe Monbiot-, la guerra de Irak y el huracán Katrina, que Friedman describió como una “Oportunidad” para reformar radicalmente el sistema educativo de Nueva Orleans. Es decir: cuando no pueden imponer sus principios en un país, los imponen a través de tratados de carácter internacional que incluyen “instrumentos de arbitraje entre inversores y Estados”, tribunales externos donde las corporaciones pueden presionar para que se eliminen las protecciones sociales y medioambientales. Cada vez que un Parlamento vota a favor de congelar el precio de la luz, de impedir que las farmacéuticas estafen al Estado, de proteger acuíferos en peligro por culpa de explotaciones mineras o de restringir la venta de tabaco, las corporaciones lo denuncian y, con frecuencia, ganan. Así, la democracia queda reducida a teatro.
La bibliografía que sobre el neoliberalismo cita George Monbiot bastaría para, llegado el caso, hacer recapacitar a mi amigo sobre la existencia o no de este fenómeno. Tan sólo lamentar que algunos de estos interesantes textos no se encuentren traducidos al castellano. Yo, por mi parte, añadiría a esta lista el libro de David Harvey “Breve historia del neoliberalismo”, donde también podemos encontrar piezas jugosas de esta fúnebre historia en la que tan sólo somos marionetas en manos de hilos invisibles y anónimos.
Antes citaba las mutaciones características del sistema capitalista para lograr perpetuarse aun a costa de los intereses de muchos de nosotros. En El diario.es también hemos podido leer el interesante artículo de Belén Carreño que, bajo el título de “El fin del capitalismo como lo conocemos”, sienta las bases para una comprensión futura de estas mutaciones que tendremos siempre que tener en cuenta para ser identificadas y anuladas a su debido tiempo. En otro post intentaré comentar el artículo de Belén Carreño.
Por su parte, creo que las últimas frases del artículo de George Monbiot no deberían caer en saco roto: “El triunfo del neoliberalismo –escribe Monbiot- también es un reflejo del fracaso de la izquierda. Cuando las políticas económicas de laissez-faire llevaron a la catástrofe de 1929, Keynes desarrolló una teoría económica completa para sustituirlas. Cuando el keynesianismo encalló en la década de 1970, ya había una alternativa preparada. Pero, en el año 2008, cuando el neoliberalismo fracasó, no había nada. Ese es el motivo de que el zombie siga adelante. La izquierda no ha producido ningún marco económico nuevo de carácter general desde hace ochenta años”.
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